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Una de las principales necesidades del ser humano es sentir que lo escuchan.

Parece obvio, simple, fácil, y hasta inherente a la existencia, como si habláramos de respirar, pero lo irónico es que no es así: forjamos relaciones personales en las que nadie escucha a nadie y relaciones laborales en las que los subalternos o los jefes se niegan a entender que su organización podría mejorar si realmente le pusieran atención a lo importante. En este libro, el coach Ricardo Gómez nos lleva de la mano con ejemplos y consejos prácticos para realmente aprender a escuchar. Al basarse en su experiencia como músico —profesión en la que el oído es herramienta
fundamental—, el autor nos enseña a entender la importancia de escuchar a los demás y cómo, aunque parezca un ejercicio natural y cotidiano, no sabemos hacerlo. Tal vez si aprendemos a hacerlo de la manera correcta, conceptos como la amistad, el amor o la excelencia en el trabajo alcancen un potencial que desconocemos.

“La principal necesidad de los seres humanos, desde el punto de vista social, es que los escuchen. Somos sociales por naturaleza y necesitamos sentir que pertenecemos, que nos reconocen, y la escucha es una de las principales manifestaciones de ese reconocimiento. Uno siempre recurre a las personas con las que se siente escuchado. La ausencia de escucha es causa de indisposición, incomodidad y deterioro en cualquier relación. Cuando alguien no se siente escuchado (con frecuencia) tiende a frustrarse. Las relaciones no se
agotan ni desgastan ni se dañan por infidelidad ni por deslealtad. Se dañan por falta de escucha. Existen dos tipos de personas cuando se trata de manejar la frustración de no sentirse escuchadas: las que reaccionan elevando su tono de voz y las que prefieren alejarse. Las primeras contrarrestan su frustración al hablar más fuerte con la intención de «hacerse sentir ». En ocasiones, ese elevar el tono de voz y ese aumento de la gestualidad corporal refleja una actitud agresiva que a nadie le
gusta. Y como no gusta, se rechaza igualando el tono de voz acompañado de la frase: «¡No me hables en ese tono!». Cuando esto sucede, las partes dejan de escuchar para centrarse en defender cada una su postura.”

Página 17

“Los antiguos griegos tenían una palabra para definir aquel adecuado y sin igual momento en el que se da la oportunidad para intervenir y cambiar el cauce de las cosas, con tal precisión que las condiciones mejoran. Hoy en día, el término que más se acerca a esa descripción en ámbitos corporativos y académicos es «asertividad»: la acción de decir o actuar lo correcto, con la persona
correcta, con la emoción correcta y en el momento correcto. Los griegos le llamaban kairós. Al parecer Bach lo tenía clarísimo: «No tiene nada de particular. Lo único que hay que hacer es pulsar las teclas adecuadas en el momento adecuado y el instrumento tocará solo»11, fue lo que respondió a un cumplido que le hicieron por su forma de tocar el órgano.”

Página 29

“Entre menos se involucre la emoción mientras escuchamos, más nítida será la información y más objetivo el proceso.”

Página 37

“Si bien escuchar es una habilidad social altamente desarrollada para la supervivencia y convivencia desde hace miles de años, hoy nos parece tan obvia, que creemos que la dominamos, aunque aún distamos mucho de ser buenos en ello. O, en cualquier caso, de ser conscientes de que conversar es un espacio de construcción colectiva y no de exhibición individual. Así como no nos han
enseñado a escuchar, mucho menos nos han enseñado a conversar. Vivimos en una sociedad que aún no ha aprendido a hacerlo.
Conversar —hoy en día— debería practicarse de esa misma manera: fijar la atención en las personas que nos hablan para obtener y compartir información, y no para interrumpirlas, bloquearlas, demostrar que tenemos la razón, defender a capa y espada una postura, minimizar o, sencillamente, imponer nuestro estatus.”

Página 47

“Una conversación es difícil cuando alguna de las partes lo ha decidido así, estimulada por alguna palabra, tono, postura o significado que se haya tomado de manera personal, o a la que se le haya dado una relevancia que técnicamente no tiene. Si nadie se siente así, la conversación fluye así el tema parezca sensible. A nuestro cerebro le da lo mismo si hablamos de dinero, cocaína, fríjoles,
aborto, moda, gallinas o corrupción. Lo que facilita o enreda la comunicación es el significado que le damos de acuerdo con l contexto social en el que nos desenvolvemos.”

Página 156

“Conversar implica aprender a aceptar la presencia del otro y sus propuestas, que si bien pueden no ser del todo agradables para quienes las escuchan, forman parte del proceso de construcción de contenido.”

Página 169

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